Odio la Navidad. Sí, ya sé que hoy en día lo políticamente correcto es precisamente decir eso, que a uno no le gusta la navidad, pero qué quieren.
Me encantaba cuando era pequeño. Cuando iba a ver a mis abuelos a un pequeño pueblo de la meseta castellana, cuando veía desde casa las ráfagas de viento frío, el ambiente gélido, desde el salón calentito de mi casa (rara vez nieva por esa zona, pero frío, hace un huevo). Cuando en fin, era un crío.
Pero ahora todo ha cambiado, o mejor dicho, yo he cambiado. Ahora que es una mera excusa para comer, beber y comprar, no me siento identificado con ella. Y no es que me ponga en plan estalinista y crea que comer, beber y comprar sea malo, es que no veo la necesidad de buscarse una excusa para hacerlo.
Sin embargo, le veo una cosa positiva: los propósitos de fin de año. Una nueva oportunidad que te das a ti mismo de tratar de mejorar. Había pensado en hacerlos públicos, con el fin de aumentar la presión para cumplirlos, pero me lo he pensado mejor. Quién sabe la gente que leerá esto, y todavía no he llegado a la indignidad granhermaniana de compartir con el orbe mi intimidad.





