En 1972, unos terroristas / luchadores (escójase el adjetivo que se prefiera) palestinos secuestraron a varios atletas israelíes durante la celebración de las olimpiadas de Munich. La policía alemana intentó liberarlos, al parecer de forma muy chapucera (curiosamente, este hecho fue lo que impulsó a las policías europeas a dotarse de unidades especializadas en resolver este tipo de situaciones, la española entre ellas), y acabaron muriendo en un tiroteo todos los rehenes, la mayor parte de los palestinos y un policía alemán. Este es el punto de arranque de la superproducción de Spielberg, cuyo argumento gira en torno a la posterior operación que los servicios secretos israelíes lanzaron para asesinar a los presuntos responsables de la planificación del secuestro.
Con esta producción Spielberg por fin se nos pone político. Y, todo hay que decirlo, trata el tema con una sensibilidad ante todas las partes que es muy poco común encontrar incluso entre el cine “de autor”. Huyendo de los maniqueísmos fáciles (de los que tan sobrados estamos últimamente) se esfuerza por dar una visión neutral ante el conflicto, escorándose incluso ligeramente hacia el lado palestino.
Aunque también hay que tener en cuenta, para valorar las cosas en su justo término, que en mi opinión el conflicto palestino – israelí ha cambiado desde 1972. El fondo, desde luego, sigue siendo el mismo, pero uno de los dos actores ha cambiado sustancialmente: el palestino (o árabe en general). En 1972 la reacción árabe contra el estado de israel estaba dirigida por nacionalistas árabes con barniz socialista, mientras que hoy en día han tomado su lugar movimientos con un componente religioso mucho más marcado. Y eso contribuye a rebajar la actualidad del atentado de Munich.
Pero en unión con todo eso, Munich es sobre todo una reflexión sobre el hogar, y sobre todo sobre su pérdida, cosa que cada vez parece obsesionar más a Spielberg. Esto puede verse tanto desde un plano político (con la consideración de Palestina como el único lugar donde los judíos pueden tener su “hogar”), como personal, con la historia del protagonista, obligado a llevar una vida solitaria lejos de su familia (y a romper finalmente con su país/hogar, autoexiliándose). Quizá esta es la clave del éxito de la película, su equilibrio entre lo externo (la política) y el intimismo, muy bien tratado. Al fin y al cabo, todos nos hacemos en un diálogo entre lo de dentro y lo de fuera.
A esto hay que unir un realismo descarnado en lo que es la descripción de los diferentes asesinatos cometidos por los israelíes (tan realista que a veces parece cómico, cuando nos muestra las dificultades con las que tropiezan).
En la parte técnica, sobresaliente, con una fotografía que en algunos momentos adquiere la luminosidad típica de las películas de los 70.
Muy recomendable.





