Era una noche tenebrosa, noche oscura, tormentosa. Días ha que me había dado cuenta, por las mañanas, en el lavabo, que estaban creciendo una especie de flotadores en el contorno de mi cintura. Después de darme cuenta de que no eran de puro músculo, sino masas adiposas producto del sedentarismo, los donuts y las pizzas, decidí que ya estaba bien, que tenía que hacer algo. Primero, me comí un donut. Después, media pizza. Y después decidí ir al gimnasio.
Si decides ir a un gimnasio grande, lo más probable es que tengas muchas opciones para elegir. Primero están las máquinas de musculación, para trabajar tus biceps al más puro estilo carcelario. Sugestivo, pero prefiero empezar por otra cosa. También tenemos el aerobic, pero, pensé que si iba mi dulce amor me iba a cortar los tegumentos procreativos, dejando después que me desangrara lentamente.
Por fin lo vi: una cosa que se llama ciclo indoor, que es como decir bici estática pero de una forma mucho mas cool, dónde va a parar.
Llego el primer día y una entusiasta señorita que está a la puerta está repartiendo panfletos. Al cogerlo, me entero que no es una testigo de Jehová despistada, sino que es la monitora que nos dirigirá la sesión. Primer jarro de agua fría: la monitora parece que ha salido del parvulario. Después razono que no es que sea muy joven: lo que ocurre es que es más joven que YO, y que no es muy difícil que tal hecho se produzca. ¡Ay, los años, los años!
Antes de empezar la clase me leo el panfleto, y me entero de que el ciclo indoor está repleto de beneficios: ayuda a perder peso, tonifica los bíceps, tríceps y abdominales, fortalece los gastronemios (que no sé lo que será, pero seguro que me viene bien tener el gastronemio más fuerte) y mejora el estado cardiovascular. Sólo falta que me ayude a pagar la hipoteca.
Acabo de leer y me acerco a una de las bicis. Lo primero que me viene a la cabeza al verla: un aparato de tortura medieval, como el potro o la dama de hierro, que está fijado al entarimado. La amable monitora se me acerca. Chica de veintipocos años, con culotte y maillot que contribuye a marcar su bien formado cuerpo. Menos mal que mi costilla no está, que si no la tenemos. Me indica cómo tengo que graduar la altura del sillín, del manillas, etcétera.
¡Y empezamos! Primera cosa que noto: los pedales de esas bicis tienen inercia, a diferencia de los de las bicis de verdad. Por no saberlo, estuve a punto de despanzurrarme sobre el manillar a los treinta segundos de haber empezado. Me repongo como puedo y dirigo a la monitora una mirada que quiere indicar “Mira cómo controlo”.
Pero ella no tiene tiempo de apreciarlo. Al empezar, experimenta una mutación, y se tranforma en una criatura Savateriana. Encima de la bici, con el pelo recogido en una coleta, y con una sonrisa picarona, se pone a decir “¡Y nos vaaaamos!”. Estoy a punto de desmontar de la bici, cuando caigo en la cuenta que quizá esa frase solo implica que empezamos la clase, y a pedalear, por tanto. Si es que soy la ostia.
Al principio, todo bien, tranquilito. Incluso me entretienen los grititos que pega la monitora: “uuuuf”, “hayyyy”, “eeeem”… No sé por qué, empiezo a pensar que estoy en una peli porno. Será por el ejercicio.
Después la cosa se pone más dura: al grito de “¡Vamos ahora, todos conmigo, arriiiiiiba!”. Los demás se levantan del sillín, y empiezan a pedalear en una postura mucho menos cómoda. Yo me siento obligado a hacer lo mismo… gran error, descubro que es mucho más difícil que hacerlo sentado. “¿Y ahora una vueltaaaaaaa!”. Eso indica que tengo que girar una ruedecita… que hace que cueste más dar pedales. La monitora me empieza a caer cada vez menos simpática.
Pasan treinta interminables segundos, y mis piernas me ordenan que me siente. Dócil, las obedezco, mientras miro de reojo a la monitora, no vaya a ser que me eche la bronca. Noto que caen gotas al lado de mi bici. ¡Coño, no es una gotera, es mi sudor!
Canción de Los Pecos a todo trapo por los altavoces. “¿Os guuuustan, chicos?” Como dos patadas en la boca, mi alma -pienso. Si esto es una peli porno, desde luego la banda sonora es muy cutre.
“¡Y arriiiiiba otra vez!” Er…. ¿cómo, otra vez? ¿No podíamos ir por el llano, observando plácidamente las florecillas, los riachuelos y demás? No, a la jodida de la monitora lo que le mola es subir. De hecho, creo que le pone, por las expresiones orgásmicas que pega. Estoy a punto de decir una de las cosas que espero no tener que decir nunca: “Mira, cielo, ya sé que estas cosas te ponen, y lo respeto, pero a mí no me van estos rollos”. No sé cómo me contengo, creo que por el bien de mis gastronemios.
¡Dios mío, ha captado mis pensamientos y se acerca a mí! La muy psicópata me muestra el inmaculado blancor de sus dientecillos de conejo, y me dice, con su voz animosa: “el ritmo está muy bien, pero tienes que coordinar mejor tu tren superior y tu tren inferior, para que así no trabajes el doble”. No, si ahora voy a tener que ser ferroviario. Eso sí, mis gastronemios deben de estar poniéndose como dos bloques de hormigón.
Para colmo, noto como en la región donde la espalda pierde su casto nombre el sillín me empieza a molestar… Definitivamente, estoy en una peli gay, mecachis. Lo que tiene el no darme la gana de levantarme para subir esas montañas que solo existen en la enferma imaginación de la monitora.
“¡El pasado fin de semana estuve en Barcelona, paseando en bici y me acordé de vosoootros!”. Yo sí que estoy acordándome de tí, de todos tus ascendientes y de tus parientes colaterales hasta el cuarto grado, sádica.
Cuando ya llevábamos una media hora de clase, noto que mi cerebro empieza a fallar, ahogado en el sudor y el esfuerzo físico. Me duelen músculos que ni sabía que tenía, no sé si los gastronemios también. Claro, estoy dentro de una peli sado maso. “¡Y ahora una vuelta maaaaaas! ¿Quién me sigue?”. Pues yo va a ser que no, so nazi. Hago como que doy la vuelta, pero la giro para el otro lado. Así, mejor.
Salgo de la clase convencido de varias cosas:
1) ¡Cuánto hay que sufrir para tener unos gastronemios como dios manda!
2) Odio a las monitoras, por muy macizas que estén.
3) Para pasar la tarde, nada mejor que estar con mi media naranja, tranquilamente, en el sofá, viendo una peli. Y al ejercicio, que le den.






Seguro que luego con todas las comidas navideñas tus gastromenios vuelven a su estado original.
Tanta tortura para nada.
Uno de los problemas del spinning es que no hay grupos de nivel y meten a todos en la misma clase, nuevos o experimentados.
Tú sigue dándole caña que en el 2010 tenemos que hacer fosfatina los pedales.