Acabo, a la 1 de la mañana, y teniendo que levantarme mañana tempranito, la lectura de Moby Dick. La verdad es que me ha costado, rediós, pero en fin, sin esfuerzo no hay recompensa, o eso dicen.
La línea argumental de la novela no se me ha hecho nada pesada. De hecho, si nos atenemos únicamente a eso, Moby Dick es perfectamente legible como una típica novela de aventuras, aunque aun limitándonos a esto haya mucha substancia debajo. Y quizá se estarán preguntando, “¿Limitandonos a la línea argumental? ¿Es que acaso hay algo más en una novela?” Pues sí, la mitad como mínimo de la obra magna de Herman Melville está constituida por capítulos que son auténticos excursos, donde se nos narra con tono didáctico diversos aspectos relacionados con la caza de cetáceos.
Así, nos encontramos con capítulos titulados “De los retratos de ballenas menos erróneos y las imágenes verdaderas de las escenas de caza”, o “Jonás (el que fue tragado por una ballena, ya saben) considerado históricamente”. Estos títulos son totalmente descriptivos de su contenido, se lo aseguro. Alguna razón tendría Melville para incluirlos, pero la verdad es que no veo que aporten nada a la que (supongo) es la historia que se nos quiere contar.
Pero, eso sí, en el resto de la obra nos podemos encontrar con frases como éstas:
[Ahab] …Me obsesiona, me desborda: veo en la ballena una fuerza atroz poseída de una perversidad inescrutable. Ese algo inescrutable es lo que odio por encima de todo. [...]Si este mundo fuera una llanura ilimitada y si, navegando hacia oriente, pudiéramos abarcar nuevas distancias y descubrir panoramas más dulces y extraños que todas las Cícladas o las islas del Rey Salomón, entonces el viaje significaría una promesa. Pero de qué sirve perseguir esos lejanos misterios con que soñamos, o ir tras ese fantasma demoníaco que tarde o temprano nada frente a todos los corazones humanos… Esta cacería en torno al globo nos pierde en estériles laberintos o nos hunde a mitad de camino.
[Ismael] El Dios tejedor teje y está a tal punto ensordecido por su labor que ya no oye la voz de los mortales; y ese zumbido también nos ensordece a nosotros, que miramos el telar y sólo cuando huyamos de aquí podremos oír los millares de voces que hablan a través de él.
Sin palabras.





