De todos los personajes a los que vemos andar -o arrastrarse- por la novela de Dostoievski, el que más se me ha quedado grabado no es su protagonista, Raskolnikov, sino el noble Svidrigailov.
El primero siempre me ha parecido un personaje demasiado simple: un estudiante que, acuciado por la necesidad, y muy perdido por unas empanadas mentales causadas por la mala digestión de lo último en cuanto a teorías intelectuales que se podía encontrar a finales del XIX, decide cometer un acto estúpido, matar a una prestamista. Un capullín, vamos. Peligroso, pero simple.
En cambio, Svidrigailov es alguien mucho más complejo: un noble retorcido y cínico, lleno de dobleces, sin ningún escrúpulo. Pero que a la vez es alguien profundamente amargado, solitario y, en el fondo, desesperado. Lo que más me impresionó de Crimen y castigo es la parte en la que, después de vagar por los antros de San Petersburgo, y de haberse despedido de su novia, diciéndola que se va a un importante viaje, recala en un inmundo hotelucho. Allí tiene una serie de pesadillas, fruto en parte de la fiebre, y en parte de su negro interior.
En plena noche, decide salir hasta la Isla Petrovski, pero se para a mitad de camino.
«He aquí un buen sitio. ¿Para qué tengo que ir a la isla Petrovski? Aquí, por lo menos, tendré un testigo oficial.»
Sonrió ante esta idea y se internó en la calle donde se alzaba el gran edificio coronado por la torre.
Apoyado en uno de los batientes de la maciza puerta principal, que estaba cerrada, había un hombrecillo envuelto en un capote gris de soldado y con un casco en la cabeza. Su rostro expresaba esa arisca tristeza que es un rasgo secular en la raza judía.
Los dos se examinaron un momento en silencio. Al soldado acabó por parecerle extraño que aquel desconocido que no estaba borracho se hubiera detenido a tres pasos de él y le mirara sin decir nada.
-¿Qué quiere usted? -preguntó ceceando y sin hacer el menor movimiento.
-Nada, amigo mío -respondió Svidrigailov-. Buenos días.
-Siga su camino.
-¿Mi camino? Me voy al extranjero.
-¿Al extranjero?
-A América.
-¿A América?
Svidrigailof sacó el revólver del bolsillo y lo preparó para disparar. El soldado arqueó las cejas.
-Oiga, aquí no quiero bromas -ceceó.
-¿Por qué?
-Porque no es lugar a propósito.
-El sitio es excelente, amigo mío. Si alguien te pregunta, tú le dices que me he marchado a América.
Y apoyó el cañón del revólver en su sien derecha.
-¡Eh, eh! -exclamó el soldado, abriendo aún más los ojos y mirándole con una expresión de terror-. Ya le he dicho que éste no es sitio para bromas.
Svidrigailov oprimió el gatillo.





