Ha muerto Miguel Delibes. Para alguien como yo, que se pasó todos los veranos durante su infancia y adolescencia en un pueblo de castilla que se iba despoblando poco a poco,sus obras tiene un significado muy fuerte. Le he leído menos de lo que quisiera, pero nunca podré olvidar Los Santos Inocentes, con su realismo al mostrar las relaciones sociales cuasifeudales en un pueblo del interior de la península. Y Aún tengo grabados en la memoria pasajes enteros de El camino, y las correrías del Mochuelo, el Moñigo, el Tiñoso…
Con tanto frío, resulta muy adecuado un grupo islandés para disfrutar de un rato de buena música. A Bjork no la aguanto, pero siempre nos quedarán los únicos Sigur Rós:
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Ayer, tarde de cine. Con varias pelis pendientes de ver, me decido por Invictus, tras una dura pugna con “En tierra hostil”, “Shutter Island” y “Los hombres que miraban fijamente a las cabras”.
De la última de Clint Eastwood me quedo con el retrato que hace de Mandela. Un hombre que tuvo la suficiente entereza e inteligencia para gobernar un país dividido esforzándose por ser también el Presidente de los que un poco antes le habían manteido encarcelado durante 27 años, en unas condiciones penosas. Y un hombre que tieen el valor, además, de decir a la gente que le ha votado que se equivoca.
Por lo demás, también me caló el remote moral del equipo de Rugby. Lo que menos me gustó es el final, con el país dando la impresión de que curaba todas sus heridas a raíz de un partido de rugby, y todo el mundo abrazándse y diciendo “qué felices somos ahora, tralará, tralarí”.
No es de lo mejor de Eastwood, pero merece la pena.
Otro buen comentario comentario, mejor que el mío, aquí.
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De todos los personajes a los que vemos andar -o arrastrarse- por la novela de Dostoievski, el que más se me ha quedado grabado no es su protagonista, Raskolnikov, sino el noble Svidrigailov.
El primero siempre me ha parecido un personaje demasiado simple: un estudiante que, acuciado por la necesidad, y muy perdido por unas empanadas mentales causadas por la mala digestión de lo último en cuanto a teorías intelectuales que se podía encontrar a finales del XIX, decide cometer un acto estúpido, matar a una prestamista. Un capullín, vamos. Peligroso, pero simple.
En cambio, Svidrigailov es alguien mucho más complejo: un noble retorcido y cínico, lleno de dobleces, sin ningún escrúpulo. Pero que a la vez es alguien profundamente amargado, solitario y, en el fondo, desesperado. Lo que más me impresionó de Crimen y castigo es la parte en la que, después de vagar por los antros de San Petersburgo, y de haberse despedido de su novia, diciéndola que se va a un importante viaje, recala en un inmundo hotelucho. Allí tiene una serie de pesadillas, fruto en parte de la fiebre, y en parte de su negro interior.
En plena noche, decide salir hasta la Isla Petrovski, pero se para a mitad de camino.
«He aquí un buen sitio. ¿Para qué tengo que ir a la isla Petrovski? Aquí, por lo menos, tendré un testigo oficial.»
Sonrió ante esta idea y se internó en la calle donde se alzaba el gran edificio coronado por la torre.
Apoyado en uno de los batientes de la maciza puerta principal, que estaba cerrada, había un hombrecillo envuelto en un capote gris de soldado y con un casco en la cabeza. Su rostro expresaba esa arisca tristeza que es un rasgo secular en la raza judía.
Los dos se examinaron un momento en silencio. Al soldado acabó por parecerle extraño que aquel desconocido que no estaba borracho se hubiera detenido a tres pasos de él y le mirara sin decir nada.
-¿Qué quiere usted? -preguntó ceceando y sin hacer el menor movimiento.
-Nada, amigo mío -respondió Svidrigailov-. Buenos días.
-Siga su camino.
-¿Mi camino? Me voy al extranjero.
-¿Al extranjero?
-A América.
-¿A América?
Svidrigailof sacó el revólver del bolsillo y lo preparó para disparar. El soldado arqueó las cejas.
-Oiga, aquí no quiero bromas -ceceó.
-¿Por qué?
-Porque no es lugar a propósito.
-El sitio es excelente, amigo mío. Si alguien te pregunta, tú le dices que me he marchado a América.
Y apoyó el cañón del revólver en su sien derecha.
-¡Eh, eh! -exclamó el soldado, abriendo aún más los ojos y mirándole con una expresión de terror-. Ya le he dicho que éste no es sitio para bromas.
Svidrigailov oprimió el gatillo.
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Me he dado cuenta de que ya no leo libros: leo blogs.
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Sigo colgando cosas que tenía en la nevera:
Decepcionante la muy publicitada biografía de Mao escrita por Jung Chang y su marido Jon Halliday (ella escritora, el historiador profesional).
Y no porque lo crea un trabajo frívolo. Se nota que los autores se han esforzado para poder contar lo que cuentan, contando con una bibliografía abundante, tanto de fuentes de primera como de segunda mano, y con la ayuda de la historia oral, un recurso siempre refrescante (aunque a mí no me acaba de convencer del todo para hacer historia).
El problema es lo que omiten en esa biografía. El libro se centra casi exclusivamente en relatar sus intrigas para hacerse con el poder del partido, después para hacerse con el poder en China, y después para mantenerlo. Así que, al acabarla, uno no sabe cuál era el pensamiento de Mao, cuál era su visión de la sociedad, cosa que creo imprescindible en la biografía de un líder como Mao, que causó tanto impacto en el modo de pensar de cierto sector de la izquiera a nivel mundial. Lo que se nos dice es que Mao no tenía ninguna ideología fuera del afán desmedido por el poder, pero yo me niego a creer que eso sea cierto. No se hubiera unido a un minúsculo partido de haber querido “hacer carrera”.
Eso, y el sesgo claramente anti-Mao de la obra, hace que la obra cojee claramente. Cierto que la objetividad es imposible, pero…en fin, las formas hay que mantenerlas, por lo menos.
Si quieren una valoración más positiva y extensa, aquí.
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Voy a las estadísticas de mi blog, que rara vez las veo, y veo de refilón lo que la gente busca cuando entra en mi blog: entre otras cosas, me encuentro con “sado porno medieval” y “blog personales pornos”.
Lo primero que se me viene a la mente es un comentario de uno de los personajes del Ala oeste de la Casa Blanca: “Internet solo ha servido para distribuir más rápido el porno”.
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Hoy toca comentarles Matadero 5, del escritor estadounidense Kurt Vonnegut. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, fue apresado por los alemanes e internado en la ciudad alemana de Dresde, que sufrió un relativamente poco publicitado bombardeo por parte de los aliados hacia el final de la guerra, suficiente para llevarse por delante a casi el doble de personas que murieron en Hiroshima. Por una de las ironías de la guerra, y de la vida, entre los pocos habitantes de Dresde que se salvaron estaban el grupo de prisioneros aliados del que formaba parte el escritor, protegido en los subterráneos de un antiguo matadero.
Matadero 5 se centra en la vida de Billy Pilgrim, un norteamericano bastante inocentón, que no parece entender mucho del mundo que le rodea en general, y sobre todo no entiende el porqué de la guerra y el porqué de ese bombardeo, que sufre como prisionero. Con continuos saltos adelante y hacia atrás en el tiempo, se nos narran retazos de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte, girando en torno al bombardeo, que no aparece hasta el final de la novela. Y en esos retazos se nos dibuja a un hombre que, aunque no parece afectado a primera vista, y es capaz de llevar la típica vida del norteamericano de clase media, se va volviendo loco progresivamente, hasta el punto de creer que ha sido abducido por los extraterrestres y que tiene ahora como misión predicar la paz mundial. Todo ello contado con un tono llano, casi impersonal, muy propio de Vonnegut.
Aunque se nota la época en la que fue escrito (1969: hippismo, antimilitarismo y todas esas cosas) merece la pena. Es corto, se lee bien, y destila crítica social.
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Una de las tragedias que sobrellevo a duras penas es que, a la hora de escribir estos post para mis sufridos lectores, sé (más o menos) lo que quiero expresar, pero no logro encontrar la forma para hacerlo, así que acabo con postear versiones jibarizadas e insípidas de lo que quiero decir; y después encuentro más o menos lo que quiero decir en otros blogs, como el de Agus Alonso-G., que les recomiendo (el post enlazado y el blog en general) desde ya mismo.
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Me entero de la muerte de J. D. Salinger. De él solo he leido, como casi todo el mundo, su novelaEl guardian entre el centeno, y no guardo un buen recuerdo de ella. Puede que para su época (y para Estados Unidos) fuera una novedad el retratar a un adolescente inadaptado, un poco desequilibrado y que además decía palabrotas, pero creo que ha envejecido fatal: ahora no epata a nadie, como lo prueba el hecho de que en su día fuera escrito para adultos (aunque su protagonista fuera adolescente) y que hoy en día sea una de las típicas lecturas que te encargan en el colegio.
Me acuerdo sobre todo del final, cuando el protagonista le empieza a contar a su hermana lo que él quisiera ser -un guardián que protegiera a los inocentes del abismo-. Aunque a lo mejor esa novela hay que leerla cuando se tienen los años de su protagonista, y no veintimuchos, como fue mi caso.
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